No todos los romances de verano tienen que ser inolvidables. Pero sí ayuda que, al menos, se esfuercen por ser entretenidos.
Hay películas que llegan con la promesa de diversión o lágrimas, aventuras o reflexión. El tráiler de esta película sugiere encanto, un romance ligero y el suficiente ingenio como para que lo predecible parezca valer la pena. Todo indicaba que esta sería una de esas películas. Lamentablemente, tomó in giro para lo peor de una forma muy rápida.
Decidí darle una oportunidad más y para la mitad de la película, mi optimismo se había ido sin siquiera despedirse.
Bailee Madison es una actriz que me ha gustado en otros trabajos, lo que hace que esta decepción sea aún mayor. Tiene una presencia en pantalla innegable, pero aquí cada una de sus excentricidades parece cuidadosamente fabricada y cero natural. Hay, por ejemplo, una escena en la que está sentada sobre la barra de la cocina, oliendo lo que parece ser una rama mientras come papitas e intenta meditar. Uno imagina que el guion esperaba que esto resultara irresistiblemente encantador y diferente. En cambio, solo se ve desesperadamente rara y crea incomodidad.
Luego está la premisa. La idea de que cuarenta días sin intimidad deban tratarse como una auténtica odisea personal resulta un tema súper trillado y girando a lo feminista tóxico. Si el título pretende ser un guiño a 40 Days and 40 Nights, de Josh Hartnett, el parecido empieza y termina ahí. Las referencias son buenas cuando aportan algo nuevo; funcionan mucho menos cuando solo sirven para recordarte una película mejor.
La trama principal: que ella debe soportar cuarenta citas para recibir el dinero que su abuela le dejó para pagar la renta. Parece el tipo de idea que debería dar lugar a un divertido caos romántico. En cambio, lo único que demuestra es que ella es una cita insoportable. Donde quieren aplicar algo de humor forzado con el mesero gay que le da consejos existenciales. Bebe demasiado, juzga a casi todas las personas que conoce y confunde el cinismo con tener personalidad. Esta historia ya ha sido vista varias veces, como por ejemplo Because I Said So exploró un terreno donde esas escenas salen a relucir gracias a Diane Keaton que poseía esa rara habilidad de hacer que incluso un material cuestionable brille y te haga reír de una forma u otra. Lamentablemente no todas las actrices tienen la fortuna de contar con ese superpoder.
Rara vez dedico tiempo a escribir sobre películas que no me gustan. La vida suele ser demasiado corta y hay demasiadas buenas películas esperando ser descubiertas. Sin embargo, esta logró la curiosa hazaña de decepcionar, no porque careciera de potencial, sino porque parecía decidida a desperdiciar hasta el último gramo de él. Quizá la culpa sea del guion. Quizá de unos diálogos que casi nunca suenan como algo que una persona diría de forma natural. O quizá de una trama donde confunde la repetición con el desarrollo. Sea cual sea el verdadero responsable, un elenco competente como Annie Potts terminó intentando rescatar una historia que ya se había desviado demasiado del camino.

